Los chicos del coro

Los chicos del coro:

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Nos encontramos ante una película magistral, desde mi punto de vista, obra de Christophe Barratier. El primer largometraje de este director (que fue seleccionado por Francia para competir al Oscar a la mejor película de habla no inglesa) relata la historia de Clément Mathieu, un profesor de música en paro que en 1949 comienza a trabajar como vigilante de un centro de reeducación de menores, “El fondo del estanque”. Desde el comienzo, el personaje principal se enfrenta con los métodos represivos del director Rachin, que trata a sus alumnos a base de “acción-reacción”, con mano dura y sin comprensión (él mismo admite durante el transcurso de una magistral escena que nunca ha tenido vocación de educador, punto que me parece bastante importante). Con éste panorama, Mathieu intenta ganarse a sus alumnos organizando un coro polifónico que, en contra del severo director de la institución, va prosperando día a día hasta el punto de llegar a marcar un punto de inflexión en la vida y futuras directrices profesionales de alguno de sus jóvenes integrantes. Dicho coro marcará en los alumnos un claro afán de superación hasta cotas que ni ellos mismos conocen. Es el caso de Pierre, un chico muy inteligente y sensible que se oculta tras una máscara de desfachatez y agresividad.

Una de las múltiples visiones que “Los chicos del coro” pretende mostrar, desde mi punto de vista, es el del contrapunto entre un concepto de la educación desde una dimensión idealista –entendida ésta como una iniciación a la vida (se ve claramente en el ejemplo antes citado de Pierre) – y lo que tradicionalmente se ha entendido como simple y llana transmisión de conocimientos”. A este interesante debate se le añade la idea de la música aportando nuevos retos al profesor y a los alumnos, configurando una banda sonora, de mano de Bruno Coulais, que hacen que ésta película sea simplemente espectacular.

Dejando aparte la maestría con la que Barratier trata temas peliagudos y escabrosos en el sistema educativo actual (especialmente en el francés) como la pederastia, las rupturas familiares o la delincuencia precoz, este largometraje trata –gracias a la espléndida actuación de sus protagonistas- numerosos elementos interesantes y los desarrolla con un tono amable y profundo. El mas  claro ejemplo es la dedicación y sacrificio encarnados ambos en la figura de Mathieu (al final de la película, y con un tono autobiográfico, el protagonista revela al espectador cómo ha disfrutado de ese callado sacrificio, el de ser un músico que se guarda la maestría de sus composiciones y sus logros para él solo, sin ningún afán de protagonismo para darse a conocer, únicamente por el placer de contemplar un trabajo bien hecho).

“Los chicos del coro” es una película que sirve de basamento para tratar de comprender el papel que tiene un educador en la vida de sus alumnos, especialmente en la figura de los directivos. Tal y como hemos visto en este tema, el dejar atrás el profesionalismo es una condición “sine qua non” que debe de poseer todo directivo que aspire a realizar una labor ejecutiva y gerencial en un centro educativo. En la figura del director deben observarse numerosas características que hacen de él no un simple funcionario (como se ve en el largometraje) sino algo que va más allá. No es lo mismo ser directivo de una empresa que ser directivo de un centro educativo, hay que desterrar la idea de que en un colegio también es válido el esquema de “trabajador – jefe”, de que como dice el manual “unos están ahí para mandar y otros para obedecer, unos para dirigir y otros para ser dirigidos”.

El director no debe ser un mero gestor de la institución, puesto que su autoridad no es la misma que la del directivo de una empresa cualquiera (ya lo dice Laval en el manual: “la escuela no es una empresa”. Sin embargo hay que tener mucho ojo para no caer, amparados en esta afirmación, en ambigüedades que desprestigian al colegio por su falta de rigurosidad y exigencia.

En la película se muestra claramente -y de acuerdo con la idea que el manual de esta asignatura desarrolla-, que el equipo directivo no debe de estar formado por una sola persona, un “primus inter pares”, pues un proyecto educativo ha de ser dirigido de manera colegial y no dejar todo el poder del proyecto en un único par de manos; entonces tendríamos el peligro de caer en el personalismo. Dicho proyecto directivo debe de ser reconducido desde la individualidad a la colegialidad, desde la clausura de una única persona “tirando del carro” hacia la apertura a nuevas ideas y debates en la dirección del mismo, desde el voluntarismo (y buenas intenciones también) de un único gerente hacia la institucionalidad de la escuela, desde la uniformidad de una sola menta hacia la diversidad colectiva. En el caso del largometraje el espectador intuye en un momento clave de la película que cuando  los profesores y cuidadores se unen bajo la bandera colegial del director  y éste se amolda a las directrices musicales (obra del incomprendido vigilante Mathieu) que van conformando y marcando poco a poco la vida de la institución, es ahí cuando la vida colegial adquiere profundidad y un sentido que destierra por momentos el melancólico y gélido aire que se respiraba en los momentos anteriores a la admisión del principal protagonista en el colegio. Es ahí cuando el espectador siente que todos los profesionales han hecho “una piña”, desde el encargado de mantenimiento hasta el director, dejando entrever más tarde que la dirección del colegio (no ya su promoción, sino en lo que respecta a aspectos educativos prácticos) contando con esta “piña” revelaría un rumbo del mismo más próspero que el dictatorialismo personificado en el personalismo y perennialismo de la figura del director Rachin.

El sexismo es otro de los peligros que históricamente han demostrado que pueden tener cierta tendencia a proliferar cuando se posee una concepción del directivo como la idea de la preponderancia del varón sobre la mujer enmarcada esta figura en la persona del director. De acuerdo con el manual (y desde mi punto de vista la película aquí si que no ahonda demasiado en esta cuestión) el sexo del equipo directivo, en caso de una sola persona, ha sido determinante a la hora de elegir la “capitanía de la nave colegial”, pues las esperanzas en las capacidades del hombre antes que en las de la mujer han sido nefastas en algunos centros educativos. Se ha demostrado en numerosas ocasiones que dicha cuestión no es relevante a la hora de desempeñar este cargo, y como para muchos otros, la mejor de las mujeres es infinitamente más capaz que el peor de los  hombres.

Otro tema a debatir en el contexto de “los niños del coro” es el de la perpetuidad del director al cargo de un centro educativo. Al ver la secuencia en la que el director Rachin es cuestionado por Mathieu acerca del cariño que éste debería tener a sus propios alumnos el espectador comprende perfectamente los peligros que entraña esta cuestión. Es uno de los pocos casos en que la comparativa análoga entre la dirección de un colegio y la de una empresa tienen características similares, pues nunca debe considerarse la permanencia indefinida o a muy largo plazo de la figura del director, no debe ser siempre él el que lo hace todo, pues entonces es muy difícil que prospera la innovación y el progreso pues ambos se verán enmarcados en la manera de ser de una sola persona, y si a eso le sumamos el personalismo y profesionalismo de la cabeza directiva de la institución, como se pone de manifiesto en la película, todo esta combinación da como resultado el estancamiento y la involución de la innovación y progreso del centro.

Citando más o menos el esquema de éste tema, “el director debe ser capaz de profesionalizarse en sus funciones, conociendo la legislación vigente, manejando la documentación, gestionando los recursos económicos, estableciendo un proyecto de dirección coherente, capaz de determinar una serie de acciones básicas de mejora, analizando las cuestiones problemáticas y motivando al profesorado. A la vez debe ser capaz de tomar las decisiones que afecten a la resolución de conflictos y a la evaluación del centro”.

Todas estas cuestiones comentadas pueden resumirse perfectamente en el autoritarismo del director, y nuevamente volvemos a mencionar a Rachin: cuando el poder directivo esta en un solo par de brazos no se deja florecer la iniciativa ni la innovación, aunque no por ello debe menospreciarse jamás su dirección y profesionalidad. Precisamente porque, citando de nuevo al manual, “la escuela tiene que enseñar a ser ciudadanos, y estos piensan, deciden, participan y exigen. Los ciudadanos no son profesionales de la obediencia sino del compromiso”. Esto es precisamente lo que adquiere Mathieu, un contrato, un compromiso interior consigo mismo para sacar adelante a estos chicos que todo el mundo da por perdidos (al comienzo de la película y en el marco de una travesura que pudo acabar en desgracia el interpelado pregunta como son los niños e irónicamente le responden “¿no se lo han dicho?”).  El director ha de ser la cabeza de ese buen hacer, admitiendo el compromiso colegial del claustro de profesores y contando con ellos para sacar adelante el centro educativo y su innovación y no confiando en exceso únicamente en sus propias fuerzas.

Por último me sumo a la serie de características que debe tener el director de un centro educativo para que “la experiencia se convierta en sabiduría”: querer aprender, reconocer los errores (importantísimo), observar, escuchar, dejarse aconsejar, saber reflexionar y hacer preguntas… en fin, todo aquello que el director de “el fondo del estanque” no hace. Una soberbia y magistral película que ilustra el modo en que un equipo directivo (equipo no individuo) no debe gestionar los recursos de los que dispone un centro educativo (aunque sea tan precario como el de la película) pues de esta manera imposibilita se evolución y desarrollo. No obstante una cualidad que sí me parece que pone de manifiesto la película y con la que estoy de acuerdo es que pienso que un directivo en este caso, siempre debe de impartir alguna asignatura, la que sus funciones le permitan, pues de esta manera no deja de ser un profesor que es el alma del centro, y no pierde contacto con sus colegas profesionales. Debe de estar por encima de ellos y al mismo tiempo a su nivel, comprendiendo sus dificultades y esforzándose por solucionar sus mismos problemas desde la misma perspectiva que el resto de sus compañeros.

adelcano

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